Jesús se da cuenta de que los fariseos saben que Él está bautizando más que Juan el Bautista. Y decide irse de nuevo a Galilea. Me imagino que no quiere que sigan cuestionando todo lo que hace.
Se dirige entonces a Galilea, pero se desvía para pasar por Samaria.
Jesús, como vimos en el capítulo 3, le tiene que decir algo a los religiosos, pero también a aquellos que no son religiosos. Tiene algo que decirnos a todos.
La mujer samaritana. Era algo que los judíos no podían hacer: hablarle. Ni siquiera a sus esposas en público, mucho menos a alguien de Samaria.
A los samaritanos les iba tan mal que nunca fueron aceptados para trabajar en el templo de Jerusalén; ellos en Samaria tienen su propio templo. Aún existe, creo.
Pero Jesús les dice a sus discípulos que sigan, que Él se queda ahí.
La mujer samaritana era una mujer con muchos problemas en su vida: cinco matrimonios, y el actual marido no es legítimamente su marido.
Ella le habla como cuestionándolo. Jesús con paciencia responde, pero llega el momento donde le dice quién es ella. Y ella se da cuenta de que es un profeta. Y ahí cambia.
El agua que bebemos todos nos da sed todo el tiempo… cuando éramos niños queríamos ser jóvenes, luego grandes, luego casarnos, luego un carro, luego más y más cosas, y seguimos con sed. Todo lo terrenal nos vuelve a dar sed.
Beber del agua que nos da Dios nos quita esa sed. Nos calma el ansia que mantenemos por todo…