Leamos del 1 al 29
Isaac ya estaba viejo y su vista muy deteriorada; no podía ver bien. Además, no sabía el día de su muerte. Esto significa que no tenía claridad completa de la voluntad de Dios en ese momento: no veía y no sabía. Por eso quiere bendecir al primogénito, sin tener en cuenta lo que Dios le había dicho a Rebeca y sin considerar que Esaú había vendido sus derechos de primogenitura a Jacob.
Parecía que ya estaba listo para morir y comienza a dejar arregladas las cosas que uno debe organizar antes de partir. Es sabio dejar todo preparado para evitar problemas a los que quedan.
Algunos piensan que Isaac está actuando en contra de Dios, pues insiste en bendecir a Esaú. En Génesis 25 vimos que Dios dijo que el mayor serviría al menor, pero esa palabra fue revelada a Rebeca, no a Isaac. Por eso Rebeca amaba más a Jacob. Recordemos también que Esaú se casó con mujeres paganas, y eso Isaac lo sabía.
Cuando Isaac le pide a Esaú que prepare el guiso para bendecirlo, Esaú debió decir: “Padre, no merezco esta bendición, pues vendí mis derechos a Jacob”. Pero no lo hizo. Tal vez por vergüenza o porque estaba ignorando deliberadamente su compromiso.
Es claro que la intención de Esaú no estaba alineada con el plan de Dios. Rebeca, al ver que él no dijo nada, idea un plan para que se cumpla lo que ella entiende que es la voluntad de Dios, pues había recibido la revelación de que Jacob sería el bendecido.
¿Qué le pide Rebeca a Jacob? Dos cabritos en buen estado, los mejores. Cuando se habla de animales sin defecto, se relaciona con sacrificio. Debían ser aceptables.
Rebeca le dice a Jacob: “Sobre mí sea tu maldición”. Jacob sabía que esto estaba mal y que podía ser maldecido por su padre. Pero Rebeca estaba convencida de que, en el fondo, esto correspondía al propósito de Dios.
Rebeca toma las mejores vestiduras, pues era una ocasión muy importante. Esaú, en cambio, solo trae la comida.
Hay algo importante: ¿con qué cubre Rebeca a Jacob? Con pieles. Ya antes vimos a otros que fueron cubiertos con pieles: Adán y Eva. La idea de cubrirse para presentarse ante el padre y recibir bendición apunta a la necesidad de cubrir el pecado.
Jacob lleva la comida y el padre hace una pregunta interesante: “¿Quién eres, hijo mío?” Él sabe que es su hijo, pero quiere confirmar su identidad.
Isaac le pregunta cómo consiguió la caza tan rápido, y la respuesta de Jacob es clave: le dice que Dios se la puso delante. Esto muestra que Jacob reconoce la mano de Dios en el proceso.
Isaac intenta verificar si realmente es Esaú. Lo toca y, al sentir las pieles, piensa que es su hijo mayor. Muchos tienen problema con la respuesta de Jacob, pero en el contexto él ya había adquirido la primogenitura.
Isaac termina bendiciendo a Jacob.
Leamos del 30 al 40
Esaú regresa de cazar y prepara el guiso, intentando obtener la bendición que ya no le pertenece, pues había vendido su primogenitura a Jacob.
Hay detalles pequeños pero significativos. Observemos cómo se dirigen al padre. Esaú dice: “Levántese mi padre”. En el versículo 19, Jacob dice: “Levántate, padre mío”. La expresión de Jacob es más cercana; la de Esaú, más formal y distante.
Isaac le pregunta otra vez: “¿Quién eres?” Esaú responde: “Soy yo, tu primogénito”, intentando reforzar su derecho, aunque ya lo había vendido.
Era común que algunos primogénitos perdieran su derecho. Más adelante veremos que Rubén, el primer hijo de Jacob, lo pierde por su conducta.
Cuando Isaac se da cuenta de que bendijo a otro, tiembla con gran estremecimiento. ¿Por qué? Parece que entiende que estaba intentando actuar según su propio deseo y que, aun así, Dios cumplió Su voluntad. Reconoce que la bendición dada corresponde al plan de Dios.
Hebreos 11:20 dice que por fe Isaac bendijo a Jacob y a Esaú respecto a cosas futuras. No fue fe en su intención inicial, sino fe al aceptar que lo sucedido era parte del propósito de Dios.
Nunca se retractó de la bendición. Pudo haberla revocado, pero no lo hizo. Le dice a Esaú: “Ya está bendecido”.
Esaú llora mucho, pero su interés parece estar más en la herencia material que en la promesa espiritual de descendencia.
Isaac le pronuncia palabras que suenan más como consecuencias difíciles que como bendición: le dice que vivirá lejos de la fertilidad de la tierra y que servirá a su hermano, aunque eventualmente romperá su yugo.
Leamos del 41 al 46
Esaú aborrece a su hermano, tanto que piensa en matarlo. Dice: “Cuando muera mi padre, mataré a mi hermano”.
Nunca debemos tener rabia, celos o resentimiento hacia aquellos que han sido bendecidos por Dios. Más bien, debemos alegrarnos al ver cómo Dios obra en la vida de otros.
Rebeca reacciona enviando a su hijo preferido a la casa de su hermano. Sin saber que no lo volvería a ver.