Acaban de cenar. Jesús predijo que iba a morir. No creyeron. Dijo que todos lo iban a abandonar; no lo creyeron. Pedro dijo que primero muerto, pero Jesús le dice que lo va a negar tres veces. Jesús les dio un mandato que dijimos que aplica para todos los que siguen a Jesús: amar a otros como Jesús nos ama.
Siguen en la comida de Pascua. Es ya de noche y Judas ya se fue a entregarlo. Imaginen el estrés en el que podrían estar.
Leamos el versículo 1 del capítulo 14 hasta el 4.
Lo primero que leemos es: “No se turbe vuestro corazón”. Cuando en medio de la tormenta Jesús la calmó, cuando Lázaro murió y Él lo revivió… Jesús calma nuestras angustias. Nos dice como mandato: no dejen que el corazón se angustie. Debemos dejarle las angustias a Dios y confiar en Él.
Lo otro es que Él dice que la casa de Dios tiene mucho espacio para cada uno. En esa época la gente vivía en tiendas de campaña o casas pequeñas, y a medida que iban teniendo hijos, esos hijos traían más hijos y todos dormían juntos. El espacio era pequeño para muchos. Él les dice que en el cielo hay mucho espacio para todos.
¿Cómo creen ustedes que va a ser el cielo? ¿Cómo se lo imaginan?
En la Biblia se habla del cielo cerca de 530 veces. En específico, en Apocalipsis capítulo 21 dice cómo va a ser. El cielo y la tierra se van a juntar. Y hay una ciudad capital que se va a llamar la Nueva Jerusalén. Dice inclusive las dimensiones: va a ser un cubo perfecto. Esa ciudad será inmensa, y millones de personas podrán habitar allí.
Ese lugar va a ser maravilloso, lleno de cosas que ni nos imaginamos, siendo mortales y con cuerpos que no se van a deteriorar. En el cielo todo lo que está dañado va a ser arreglado: nuestras fallas, nuestros pensamientos, todo será restaurado para ser perfecto.
Pero más allá de si son mansiones o moradas, el cielo tiene un propósito: reunirnos con Jesús. Y eso es lo más impresionante del cielo: encontrarnos con Él.
Jesús dice que se va a ir para preparar ese lugar. Lleva más de 2000 años preparándolo. ¡Imaginen!
Jesús dice: “Voy a volver por ustedes”. Aquí se introduce la idea del rapto, desarrollada más adelante en 1 Tesalonicenses 4.
Algo para pensar: esto que dijo Jesús —que se va a preparar moradas para sus discípulos— no lo podía decir con Judas Iscariote presente. Esperó a que Judas se fuera. Más adelante veremos la muerte de Judas y cómo termina su historia.
Leamos del 5 al 7.
Tomás, el apóstol llamado el Mellizo, finalmente hace la pregunta que probablemente todos tenían: “¿¿Cómo vamos a seguirte si no sabemos a dónde vas?”
Aquí llegamos al sexto “Yo soy”: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
Imaginen a alguien perdido preguntando cómo llegar a un lugar, y esa persona le dice: “Mejor sígueme, yo te muestro el camino”. Uno lo empieza a seguir. Pero si no pones atención, te puedes perder. Tienes que seguir pegado a esa persona, que las cosas del mundo no te distraigan y pierdas a quien te quiere mostrar el camino.
La gramática aquí es importante. Él no dice: “Yo soy un camino”, sino “Yo soy el camino”. No hay otro.
Jesús dice: “Nadie viene al Padre sino por mí”.
¿Cuántas personas o cosas del mundo distraen de seguir a Jesús para llegar a Dios: Buda, Siddhartha Gautama, conceptos espirituales, yoga, Krishna, rezar a algún santo, pensar que solo siendo buena persona se llega a Dios… Pero llevamos 14 capítulos leyendo y por ningún lado se nos habla de otro mediador. Solo por medio de Él llegamos al Padre.
Si razonamos con sentido común: muchos dicen que Jesús fue un profeta verdadero. Si fue profeta verdadero, entonces cuando dice que Él es el único camino para llegar a Dios, debe ser cierto. Si no fuera el único camino, entonces no sería un profeta verdadero, porque afirmó algo absoluto.
Además, cuando Jesús oró antes de su crucifixión pidió que, si era posible, pasara de Él esa copa amarga, pero el Padre no le dio otra opción. Era el único camino para el perdón.
Y hasta los demonios reconocían que Él era el Hijo de Dios.
Leamos del 8 al 11.
Felipe le dice: “Muéstranos al Padre”. Y Jesús responde: “Tanto tiempo he estado con vosotros, ¿y no me has conocido?”
¿Cuánto tiempo llevan ustedes escuchando de Jesús? ¿Cuánto realmente lo han conocido? Mucha gente dice ser cristiana o católica, pero no conoce profundamente quién es Jesús. Los discípulos caminaban con Él y aun así no entendían plenamente que el Padre estaba en Él y que eran uno.
Leamos del 12 al 14.
Aquí se pone muy interesante.
Las obras de los discípulos fueron mayores en extensión que las de Jesús. Después del primer sermón de Pedro, hubo más convertidos que en muchos momentos del ministerio terrenal de Jesús.
“Todo lo que pidiereis en mi nombre, lo haré”.
¿Qué significa esto? ¿Que si pido un Rolls-Royce en el nombre de Jesús me llega? ¿Si oro para ganarme la lotería? ¿Si oro para vender una propiedad? ¿Si oro para que alguien no muera?
Jesús mismo oró en Getsemaní antes de su crucifixión. Los apóstoles también sufrieron y murieron. Abraham, Moisés… todos murieron. No es una lámpara mágica.
Pedir en su nombre tiene dos sentidos:
Es un endoso, como firmar un cheque con su autoridad.
Es una limitación: debe estar de acuerdo con el carácter de Jesús.
Y luego dice: “Para que el Padre sea glorificado”. Una oración verdadera en el nombre de Jesús siempre tiene como objetivo glorificar a Dios.
Leamos del 15 al 18.
“Si me amáis, guardad mis mandamientos”.
Amar a Jesús viene con responsabilidad. Él nos pide amar a los demás como Él nos ama. No es solo sentimiento; es obediencia por amor.
Aquí Jesús explica la Trinidad de forma sencilla: el Hijo ora al Padre para que envíe al Espíritu Santo.
Dice que enviará “otro Consolador”. En griego, “Parakletos”: alguien llamado para ayudar, como un abogado o consejero. Y la palabra “otro” significa otro del mismo tipo, no diferente.
Imaginen caminar con Jesús físicamente. Pues Él nos dejó al Espíritu Santo, Dios con nosotros, habitando en nosotros. No nos obliga; respeta el libre albedrío. Pero está con nosotros para siempre.
Leamos del 19 al 24.
“El que me ama, guarda mis mandamientos”. Amar a Jesús implica obedecer. Sus mandamientos se resumen en amor: amar a Dios y amar al prójimo.
No se trata de vestirse de cierta manera, ni de rituales externos. Se trata de amor genuino que obedece por convicción, no por obligación.
Leamos del 25 al 27.
Jesús no deja fortunas. Deja dos cosas que nadie puede comprar: el Espíritu Santo y la paz.
“Shalom” era un saludo común, pero aquí Jesús habla de una paz real, profunda.
“Que no se turbe vuestro corazón”. Estos regalos no nos eximen de dolor o tormentas, pero nos dan poder y paz para sobrellevarlas.
Versículos 28 al 29.
“El Padre mayor es que yo”. Este pasaje es usado por algunos grupos para decir que Jesús no es Dios. Pero aquí Jesús habla desde su condición encarnada. Como Hijo hecho carne se somete al Padre, pero en esencia comparte la misma naturaleza divina.
Leamos del 30 al 31.
¿Quién es el príncipe de este mundo? Satanás. Pero Jesús dice que él no tiene poder sobre Él. Jesús no va a la cruz porque Satanás lo obligue, sino por amor al hombre y obediencia al Padre.
“Levantaos, vamos de aquí”.
Y aunque parece que se van, aún quedan capítulos más de enseñanza. Jesús sigue preparando sus corazones antes de enfrentar la cruz.