Los apóstoles están en Jerusalén, esperando la promesa de Dios: que cuando se fuera Jesús Él iba a enviarles a alguien como Jesús, y que Él viviría dentro de ellos para confortarlos y recordarles los principios de Jesús en todo momento. De ahí no volverán a salir hasta que Dios les entregue su promesa de poder. No entraron ahí por 2 o 3 horas, ni por 2 o 3 meses o años… es así que nosotros debemos pensar. No vamos a poder hacer nada de lo que Dios quiere que hagamos sin antes tener al Espíritu Santo dentro de nosotros. Vamos a estar aquí esperando a que derrames el Espíritu Santo, que nos entre y nos acerquemos a Él.
Leamos del 1 al 13.
La palabra Pentecostés, ¿qué significa? ¿Alguien? Pente… significa quincuagésimo o 50 días después de la Pascua (Levítico 23). Se hacía una fiesta conocida como la fiesta de la cosecha; se preparaban 4 litros de harina, se hacían unos panes con levadura y se ofrecían al Señor. Estos cincuenta días también son 50 días desde la muerte de Jesús.
Dice que estaban reunidos y “juntos en el mismo lugar”… la venida del Espíritu Santo demuestra la unidad del pueblo de Dios.
En este capítulo es que nace la primera iglesia. Jesús dijo: “Reconstruiré mi iglesia”.
Toda esta gente ese día recibió este poder del Espíritu Santo.
Se oyó un estruendo y viento fuerte… el Espíritu Santo siempre se interpreta por medio del viento. En Juan, Jesús habla del viento: no se sabe de dónde viene. En el principio el Espíritu Santo andaba por toda la tierra como el viento… etc.
El viento vino fuerte, pero la traducción es “trayendo” o “proveyendo” algo: el poder. No vino como el pneuma, o el aliento de vida. Un soplo, no una ráfaga de viento con muchísimo poder. Y se posó encima de cada persona en forma de lengua de fuego.
Estas lenguas de fuego recuerdan a lo que Moisés recibió: las tablas de los mandamientos en el monte Sinaí; salió fuego y humo encima del monte. Aquí los mandamientos de Jesús son dos: amar a Dios y a tu prójimo.
El fuego simboliza la presencia de Dios: el arbusto en fuego que le habló a Moisés, etc.
120 personas nacieron aquí, y este es el nacimiento de la iglesia de Jesucristo.
Las personas comenzaron a hablar en otras lenguas o idiomas. Jesús lo profetizó cuando estaba en vida (Marcos 16:17). Estas señales acompañarán a los que crean en Él… la gente identificaba sus dialectos locales de varios países alrededor.
1 Corintios 14:2 habla en más detalle del regalo de las lenguas. Este es diferente: es hablado hacia Dios, un idioma desconocido, y es diferente de lo que ocurre en Pentecostés. Ese es hablado hacia el Espíritu Santo, no hacia otras personas. Es para llamar la atención de los que estaban en ese momento.
Algunas personas tienen la habilidad de hablar en lenguas. No se entiende ni ellas. Supuestamente es Dios quien entiende. Esta lengua viene a través del Espíritu Santo y viene naturalmente. La iglesia de Pentecostés es la que desarrolla esta habilidad.
Y alguien dijo que estaban borrachos…
Vamos a leer del 14 al 21.
Pedro comienza a hablar diferente, con el Espíritu Santo dentro de él. Aquí habla su primer sermón.
Dice que no es hora para emborracharse… 9 am, la tercera hora del día. 6 es la primera, 9 es la tercera. Como si justificara que en otra hora sí podrían estar borrachos…
Aquí Pedro habla de la profecía de Joel, capítulo 2, empieza a relacionar el Antiguo Testamento. Era algo que muchos conocían, así que Pedro usa este profeta para iniciar su sermón.
Y dice que sucederá en los últimos días… Los últimos días van a ocurrir después de la primera venida del Mesías. O sea, ya estamos viviendo los últimos días. Y profetiza que todos vamos a recibir al Espíritu Santo. También se refiere al Apocalipsis: en los últimos días veremos sangre, fuego y pilares de humo.
Algunos hablan de las 4 lunas de sangre. Se habla de que el eclipse de luna también se llama luna roja o luna de sangre. Pero hablan de 4 lunas de sangre y esto habla de que los últimos días están cerca. Aquí se habla de una sola vez, leamos versículos 19 y 20.
Leamos Apocalipsis 6:12.
Y leamos Joel 2:28-32.
El Espíritu Santo vendrá a todos, es para todos. “El que invoque el nombre del Señor será salvo”, dice el versículo 21.
Leamos del 22 al 28.
Pedro aún no acaba su sermón, aunque pudo terminar ahí, ahora empieza a hablar de Jesús.
Pedro habla de que Jesús tuvo un propósito determinado: hacer milagros en nombre de Dios, fue entregado, crucificado y resucitado por Dios, liberándose de la muerte.
Simplemente les dice: ¡todos ustedes son responsables de la muerte de Jesús! ¡Ustedes lo mataron! Sin embargo, Dios lo resucitó. Y este era el plan de Dios…
Habla de David en Salmo 16:8-11.
Pedro está diciendo que David está enterrado entre ellos; David no está en los cielos. Aquí David está hablando de Jesús. Volvamos a leer pensando que lo que David habla es como si fuera Jesús.
Leamos del 29 al 36 y veamos cómo Pedro aclara y confirma esto que estamos diciendo…
Pedro habla de cómo la relación de este Espíritu Santo está conectada con la muerte y resurrección de Jesús, escrita en profecía del Antiguo Testamento, hablada por el rey David en este salmo.
Pedro está dando una revelación a todas las personas de cómo la profecía del Antiguo Testamento habla sobre la muerte y resurrección de Jesús.
Cuando se estudia la vida de David en 1 y 2 Samuel, se conoce más y más a Jesús.
Pedro se refiere al segundo pasaje de David: Salmo 110:1-2.
El Señor llama a su hijo Señor. Volvamos a Hechos y leamos el versículo 36. Dios lo ha hecho Señor y Mesías. ¡Es Dios!
Leamos del 37 al 40.
Al decir Pedro que este, a quien todos crucificamos, Dios lo hizo Señor y Mesías… la gente le preguntó: ¿y qué hacemos?
Pedro les responde: arrepiéntanse y bautícense en el nombre de Jesús para el perdón del pecado… y así recibirán al Espíritu Santo. Pedro nos dice que al arrepentirnos y aceptar a Jesús como Salvador, volvemos a nacer. Esto se refiere al bautizo: uno no se convierte al bautizarse; esto es una forma de demostrar públicamente que estamos naciendo en una vida nueva y ofrecemos nuestra vida a Dios y a sus propósitos.
Se dice que Dios está dispuesto a perdonar nuestros pecados. Pero tenemos que arrepentirnos.
Y la promesa de Dios: nos llegará ese regalo de recibir al Espíritu Santo. Es la promesa de Dios. Nos promete que no nos dejará solos, sino con el Espíritu Santo.
Y esta promesa no solo es para los judíos, sino para los extranjeros, o sea, para nosotros. Marquen en su Biblia: “Yo”!! Y para sus hijos y las siguientes generaciones. Importante: si queremos que nuestros nietos tengan esta promesa, primero la tengamos nosotros.
Versículo 40 nos da una orden o mandamiento: “¡Sálvense!” Nosotros no podemos salvarnos por nuestra cuenta. Y eso, de otra forma, es decir: arrepiéntanse y crean que Jesús es el Mesías. Él vino a salvarnos; crean que resucitó y volverá a juzgarnos. No es simplemente decir: “Si yo creo en eso”, sino actuar creyendo en eso. Si es así, yo oro con gran corazón y pasión por Él. ¡Yo me arrepiento con toda mi fuerza y pido a Él misericordia! Arrepentirse no es sentirse mal, ni solo pedir perdón: es cambiar las cosas que pensamos y hacemos. Es arrepentirse de hablar mal de los demás, pero dejar de hacerlo; es dejar a un lado la inmoralidad sexual; es dejar de ver mujeres en la televisión o en la calle; es dejar las cosas que sabemos que a Dios no le gustan y pedir perdón, pero parar de hacerlas… y pido que a mí también me dé vida eterna. Eso es creer con todo el corazón.
Leamos del 41 al 47.
Estas personas recibieron la verdad, luego se bautizaron y luego nacieron de nuevo, en ese orden.
Aquí se bautizaron 3,000 personas. El número 3 habla de revelación; aquí muestra la revelación que salva a todas estas personas.
Estas personas se mantenían en disciplina y consistencia con las enseñanzas de los apóstoles: firmeza en la comunión, el partimiento del pan y la oración.
Estas personas se reunían en el templo y llevaban cosas que otros necesitaban, y lo hacían porque veían en su corazón una intención de ayudar al más necesitado, y comían con alegría y sencillez de corazón.
No era una obligación; era algo que salía del amor a los demás. ¿Cuánto hemos dado esta semana a la gente que vemos y que amamos? ¿Vemos a alguien necesitado y hacemos algo? No es regalar la ropa que no usamos, es dar algo que nos cuesta; pues ese es el verdadero amor por el prójimo. No importa qué tan poco tengamos; mientras tengamos un poco más que el que está necesitado, podemos dar sin remordimiento, sin pesar en entregar lo que tenemos… es sentir esa felicidad de dar.
Esto era en unidad: todos querían hacer lo mismo, eran sinceros los unos con los otros.
Y Dios añadía cada día más gente de personas que iban a ser salvadas.
Esta es la creación de la primera iglesia. Esto es lo que Jesús pidió a sus discípulos. Por eso es importante ir a misa: cuando mostramos estos comportamientos, además de acercarnos más a Dios, damos testimonio de nuestra vida a otros y, de alguna forma, otros se van juntando a nuestra causa. Es así que ocurrió esta primera vez.
¿Contamos nuestros testimonios a otros? Para que ellos también piensen en salvación. Ir a misa es muy importante; es dedicar tiempo al Señor, pero también acercar a otros. Kike, lleva a tu mamá a misa; mamá, lleva a U y Arturo a misa; papá, lleva a mi tía Elsy a misa; hagan combo para ir… Si planean ir a las Nieves e invitan a varios amigos, seguro varios van a ir. Lo mismo hay que hacer… somos llamados como discípulos a hacer lo mismo.
Amen.