Dios le entrega a Josué la ciudad de Jericó, a su rey y a sus hombres de guerra.
Dios le da instrucciones precisas de cómo tomarse la ciudad. Y esto requería tanto de la fe de Josué como de los sacerdotes y los hombres de guerra.
Durante 6 días, 7 sacerdotes con 7 shofar (trompetas de cuerno de carnero) marchando delante del arca una vez al día. Y el séptimo día darán 7 vueltas y tocarán las trompetas por un largo tiempo. Ahí todos deberán gritar. Los muros de la ciudad se caerán, dejando entrar a todos en la ciudad.
Jericó es la ciudad más antigua que se conoce; no era muy grande, solamente como 6 a 8 acres; caminando serían como 1–1.5 kilómetros alrededor.
El grito de las personas acontece antes de caerse los muros. Esto es un tipo de celebración de algo que aún no pasa, pero la fe es tan grande que se celebra antes. Si celebramos después de los milagros que Dios hace por nosotros, es una forma de agradecer; pero hacerlo antes es una forma de mostrar la fe.
Josué les dice que no hablen hasta que él les diga; ese silencio marchando debía ser aterrador para los habitantes de Jericó. Les dice que cuando caigan los muros no toquen nada de las cosas de las personas de Jericó, solo el oro, la plata y los utensilios de bronce para ser entregados al santuario de Dios, y que no hagan daño a la familia de Rajab.
Nos dice el capítulo 2 que la casa de Rajab estaba pegada a uno de los muros de la ciudad... ¿no se destruyó? En 1909 un antropólogo alemán encontró en la ciudad #4 de las ruinas de Jericó un muro en la parte norte de la ciudad que estaba intacto. Esta podría ser la casa de Rajab.
Sacan a Rajab y a su familia, y la pusieron en el campamento de Israel. Luego incendian la ciudad entera, dejando toda la comida intacta.
Los antropólogos han encontrado vasijas llenas de granos y también hay vestigios del incendio al verse las vetas de calor en los hallazgos antropológicos.
Termina este capítulo diciendo Josué que el que construya sobre esta ciudad será maldecido en sus hijos y descendencia. Y hasta el día de hoy, este pedazo de tierra se mantiene en ruinas, sin que nadie construya o lo habite.