Leamos del 1 al 16
Los hijos de Labán decían que Jacob se había apoderado de la riqueza de su padre, pero era mentira. Jacob no tomó nada que no le correspondiera; era envidia de los hijos de Labán. La envidia es algo muy común en el ser humano, y hace que uno vea las cosas de forma distorsionada. Aquí ellos pensaban que Jacob había robado a su padre. Jacob comienza a sentirse no querido en la casa de su suegro Labán.
Jacob escucha a Dios decirle que regrese a la casa de sus padres. Dios puso en su corazón el deseo de volver a su lugar de origen; luego usa la envidia de los hijos de Labán para que ese deseo crezca aún más, y finalmente le habla directamente para que se vaya. Así actúa Dios muchas veces en nuestras vidas.
Jacob les cuenta esto a sus esposas y les recuerda que, aunque su padre le cambió el salario más de diez veces, Dios lo ha protegido todo este tiempo y ha estado con él, tal como le prometió en Génesis 28:15.
Él da la gloria a Dios por su prosperidad. A mucha gente le cuesta dar la gloria a Dios por sus logros; piensan que todo es por su habilidad en los negocios, o dan la gloria solo a médicos o medicamentos por su salud. El ser humano tiende a buscar la gloria en sí mismo y no reconoce la gracia y grandeza de Dios.
Las personas que hacen trampa pueden beneficiarse por un tiempo, pero tarde o temprano sus ganancias se derrumban. En cambio, la honestidad tiene fundamento más firme.
Dios le recuerda a Jacob que Él es el Dios de Betel, donde Jacob ungió la piedra e hizo un voto. Allí tuvo el sueño de la escalera. Dios no olvidó ese momento y ahora le dice que regrese a su tierra.
Raquel y Lea reconocen que su padre no ha cumplido correctamente con ellas y que las ha tratado como extranjeras. En esa época, el dinero entregado por el esposo como parte del acuerdo matrimonial debía servir como protección económica para la mujer. Ese dinero era para ellas, pero Labán lo había consumido (verso 15).
Labán hizo trampa tanto con Jacob como con sus hijas. Dios permitió que las riquezas pasaran a Jacob.
Raquel y Lea le dicen a Jacob que haga lo que Dios le ha dicho. Ellas reconocen el nombre y la autoridad de Dios.
Leamos del 17 al 21
Se van en secreto, porque la vez pasada Labán no quería dejar ir a Jacob. Salen sin avisar. Raquel toma los terafines de su padre, que eran ídolos domésticos. Algunos piensan que quería adorarlos; otros interpretan que intentaba privar a su padre de esa idolatría. Jacob se fue sin saber que ella los había tomado.
Leamos del 22 al 35
Hay aproximadamente 480 kilómetros desde Harán hasta las montañas de Galaad.
Al tercer día le informan a Labán que Jacob se ha ido, y él sale en su persecución. Siete días después lo alcanza en los montes de Galaad.
Podría pensarse que iba con malas intenciones, pero Dios se le aparece en sueños y le advierte que no hable ni bien ni mal contra Jacob.
Labán llega y confronta a Jacob, acusándolo de haberle “robado” a sus hijas, cuando en realidad estaban casadas con él y se iban voluntariamente. Jacob había trabajado muchos años por ellas.
Labán afirma que le habría hecho una fiesta de despedida, pero sus acciones anteriores muestran que su corazón no era generoso.
Le dice que irse así fue insensato. Sin embargo, Dios estaba guiando a Jacob de regreso a la tierra prometida.
Labán también reclama por sus terafines. Parece más molesto por los ídolos que por la partida de sus hijas.
Jacob responde que quien tenga esos ídolos no vivirá, sin saber que Raquel los había tomado.
Labán busca en las tiendas y no los encuentra. Cuando llega a la tienda de Raquel, ella los ha escondido y se sienta sobre ellos, diciendo que no puede levantarse porque está en su período. En la cultura de la época, eso era considerado impuro. Así los ídolos quedan humillados, incapaces de defenderse o revelarse.
Leamos del 36 al 55
Jacob se enoja y le recuerda a Labán que durante veinte años lo ha servido fielmente y no ha robado nada. Expresa la injusticia que ha sufrido.
Labán insiste en que todo le pertenece: sus hijas, sus nietos y sus rebaños. Aun así, propone hacer un pacto.
Hacen un pacto de paz, levantan un montón de piedras como señal y comen juntos.
Ese montón de piedras simboliza un límite entre ambos. Es importante que una nueva familia tenga sus propios límites. No significa abandonar a los padres, pero sí establecer una separación saludable. Labán ya no podía gobernar sobre la familia de Jacob.