Leamos del 1 al 8
Dios le dice a Jacob que se levante y vaya a Betel (la presencia de Dios). En el hebreo antiguo no existe la palabra “a”, por lo que podría entenderse como “levanta Betel” o “levanta la presencia de Dios”.
Le pide hacer un altar a Dios, recordando cuando escapaba de su hermano Esaú. Básicamente, esto es realizar o levantar la presencia de Dios.
Jacob estaba en Siquem, huyendo de su hermano. Dios le indica ir hacia Betel, que es básicamente la tierra prometida.
Jacob reúne a todos los que venían con él: no solo su familia, sino también otros acompañantes. Esto tiene un significado profético: en los últimos días, el pueblo judío, disperso por el mundo, regresará a Jerusalén junto con personas no judías que comparten la cultura judía, para reconstruir el templo y adorar a Dios.
Jacob instruye a su gente a remover amuletos e ídolos de adoración pagana y cambiar sus vestiduras para purificarse. Así podían levantar Betel y construir un altar.
Todos los ídolos, amuletos y aretes usados para adoración pagana se entregan y Jacob los esconde en la encina de Siquem.
Mientras regresaban a su tierra, los pueblos vecinos se llenaban de terror y no salían: Dios los protegía de cualquier ataque. Esto es un paralelo a lo que sucederá cuando los judíos regresen a Israel.
Llegaron a Luz (el nombre anterior de Betel), mostrando transformación en Jacob. Allí levantan un altar y lo llaman El Betel, repitiendo “El” dos veces para enfatizar que es Dios.
El verso 8 menciona a Débora, nodriza de Rebeca, quien muere y es sepultada en Betel. Se llama este lugar “de llanto” por el dolor de Raquel.
Leamos del 9 al 15
Dios cambia el nombre de Jacob y lo llama Israel, pidiéndole ser fructífero y multiplicarse. Le promete que las naciones vendrán hacia él y que dará reyes, además de otorgarle la tierra.
Israel construye un altar con un pilar de piedra, representando la adoración a Jesús por parte del pueblo de Israel, y lo unge con aceite. Llama a este lugar Betel por tercera vez. Esto anticipa lo que sucederá cuando los judíos regresen a Jerusalén para edificar el templo y adorar al Mesías.
Leamos del 16 al 21
Salen de Betel hacia Efrata (antiguo nombre de Belén). Efrata significa “fructífero” y Belén significa “ciudad del pan”. Aquí nacerá el Mesías.
Jacob tiene a su hijo número 12, completando así las 12 tribus de Israel, cumpliendo el plan de Dios.
Raquel le pone el nombre Benoni (“hijo de la tristeza”), pues estaba muriendo, pero Jacob lo cambia a Benjamin (“hijo de mi mano derecha”), simbolizando fortaleza y cercanía.
El verso 19 nos dice que Raquel muere en Efrata/Belén, conexión que vincula este lugar con los nacimientos del Rey David y, más adelante, de Jesús, el Rey de reyes.
Leamos del 20 al 26
Rubén, el hijo primogénito de Jacob, comete un grave pecado al acostarse con la concubina de su padre, Bilha. Por esto, pierde la primogenitura, que más tarde será cedida a José.
Aquí se mencionan los 12 hijos de Jacob, que representan al pueblo de Dios. Todos nacen en Padam Aram, excepto Benjamin, nacido en Efrata.
Al regresar a la tierra prometida, sufren la muerte de Raquel, simbolizando el pecado y las dificultades que enfrentan al caminar con Dios.
Leamos del 27 al 29
Llegan a Hebrón, donde todos se reúnen, mostrando la unión que trae la tierra prometida a los hijos de Dios. Allí vivieron Abraham e Isaac, padres de la fe.
Muere Isaac a los 180 años, junto con Esaú y Jacob.
Las tribus crecen, formando 12 aldeas. Con el tiempo desobedecen y son llevadas al exilio: primero los babilonios, luego los egipcios y más tarde los romanos. Este largo exilio de 2,000 años fortalece al pueblo judío, preparándolo para la venida del Mesías y la redención de Israel.